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Sangre zurcida
Del barro, el Supremo hizo al hombre; igual, el hombre hizo a su Dios. Destejiendo selvas, construyó sus chozas cerca de la guarida de los simios. Por entre los enmarañados cortinajes cosió sus sueños. Lentamente todos los caminos eran nuevos. Cabe sus sementeras, cada conticinio, fue contando a las estrellas sus nostalgias primigenias, mientras en la enramada su plegaria el piache alzaba. De las manos, hamacas, capelladas, alpargatas, la humilde cuchara de palo con el plato de barro. Habían llegado los caminos, la obra maestra de los hombres. Frente a emisarios de otras latitudes, de nuevo las manos adelante. A ellas se debieron las espadas, con ellas amasamos nuevas ilusiones que a galope enhebraron llanuras, pampas y montañas. Las monturas vinieron de las manos. Todo fue una colosal carrera victoriosa tras la aurora de nuevas ventanuras. Al fin, las banderas surgidas de luchas implacables. Alforjas, flechas, arcos, los hicimos con las manos. Nuestra vida la debemos a las manos. Hasta los garabatos para asir las esperanzas, los hacemos con las manos. Carboneros, herreros, panaderos, pastores, carpinteros, jornaleros, se deben a sus manos. El budare, las jarras, los chorotes, el molinillo, la escoba y el pollero a fuego y sombra van con nuestros sueños.
Aparecieron las cabrias y los silos. Primero fue el conuco, las cabañas, los caneyes. Nos hicimos a los ríos y afloraron las canoas, hasta que las atarrayas las llevamos a las quebradas mientras las aguas se echaban al hombro las mochilas. Creamos tambores, furrucos, bandolas, requintos, zambombas y guitarras, haz de melodías en montes y ciudades. Mucho más tarde salieron las letras de las tipografías y el himno ardiente, letra a letra, de pueblo a pueblo, fue sobrellevando su autoridad sonora y creció en la garganta de los hombres hasta imponer la claridad del canto. Con la mano, santiguamos las jornadas. De un trazo geográfico perdido en la silvestre somnolencia, fuimos crónica y leyenda. Feraces tierras, templos en que el oro cuajado estaba por manos del indio. Café, sudor y acento comenzaron el peregrinaje. Hasta nuestros sueños hacemos con las manos, de donde proceden también nuestras estrellas. Primero los guayucos y las ruanas, cuando el aire no había dormido en las montañas. Más tarde, los pesebres, las sillas de suela, los altares. Y cenamos con los dioses. Los tinajeros evocan silenciosas fábulas, consejas, los sueños de las piedras, las que también con las manos modelamos. El agua se hizo nuestra. Nuestra primera vasija fue la mano. Regamos nuestra cara y echamos a andar por los caminos. Todos somos alfareros. Venimos de las manos. A ellas nos debemos. Con ellas vamos. Todos tenemos nuestros tiestos. Siempre fuimos artesanos. ¡Sólo nos falta hacer al hombre con las manos!
Raza que canta en la tormenta, mancha de sangre zurcida, marcha zurcida de sangre, en soledad triunfante, interrogamos a la noche. A tientas, a nivel de la niebla que cae de los remotos días, improvisamos un simulacro de posteridad donde empieza el futuro, cuajamos en cada pieza la pausa para otro trozo de canción, juntamos cantos inseparables de telas y palabras, terminamos de empatar o zurcir el espacio de la caída. Rodeados de espaciosa arcilla, por nuestras manos corre un manantial de caudalosas tierras; sin embargo, la palabra Ñusta —el nombre quechua para las princesas en el Imperio Inca— no está registrada en el Diccionario de la Lengua Española; tampoco, limpiacasa, lucateva, tuqueque ni lueguito; apenas si cabe lavativa; de mala gana, caguairán; por dicha, la palabra che.
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